
Las malas rachas de jugadas que se experimentan eventualmente, pueden ser asumidas desde diferentes puntos de vista. Estudiemos dos de ellas para conocer hasta qué punto la suerte no solo no es la causa de los resultados de las partidas, sino que el modo de asumirlas es lo que paulatinamente va asumiendo la figuración de fortuna para un jugador.
La causa de las desgracias
La mala suerte por lo común, da ciertos avisos antes de desembocar en una aciaga velada para un jugador de póquer. Son pequeñas señales, cifras personalizadas que solo los jugadores experimentados comprenden. La grandeza de un campeón se deriva, en gran medida, de su capacidad para orientar sus partidos de acuerdo a todas estas advertencias de la suerte. En contraste, la buena suerte generalmente no da aviso alguno de su acaecimiento y de pronto, una partida puede transformarse en derrota segura a memorable victoria. La buena suerte es la experiencia de la discontinuidad, el acontecimiento que rompe con una cadena de sucesos desventajosos y que nos hace ganar el mejor bote cuando menos se espera. Los nóveles se dejan ir por el entusiasmo y pierden lo ganado en un parpadeo. Los jugadores expertos se arriesgan sobriamente y dejan el juego ganado
La suerte se construye
Lo anterior puede comprenderse desde un punto de vista muy revelador, si se toma a la suerte no como la causa de las jugadas de acuerdo a sus resultados, sino más bien como una manera de vivenciar la experiencia de su acontecer. Y así, la mala fortuna en el póquer no solo es evitable sino que puede transformarse en buena suerte si le damos la correcta lectura al conjunto de jugadas que provocaron un cierto resultado.
El juego de las apariencias
Que en el póquer lo que parece ser sea tan relevante como lo que en efecto acontece, no es algo sorprendente. Prácticamente el 90% de lo que ocurre en el póquer es una dinámica de la simulación, un festín de “faroles” en donde los contrincantes deben engañar, antes que ser engañados, para hacerse con los mejores resultados, los botes más valiosos. Pero, como hemos visto, no solo ciertas jugadas están condicionadas por la percepción que de ellas se tenga, sino que además la impresión en general de una secuencia de póquer, la suerte, no es más que la perspectiva con que asumimos lo acontecido en la mesa de juego.
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